Relato corto: Betxy LQ500

El siguiente relato corto que no llegó a publicarse en la revista Fronteras como se mencionó anteriormente, ni en ninguna otra revista, se ofrece ahora como primicia literaria en este Blog. Aunque se escribió en 1993, se publica por primera vez aquí con fecha 1 de Mayo de 2013.

BETXY LQ CINCO CERO CERO

 

Soid Oinge aparcó su autofotónico a la puerta de su casa. Inmediatamente se acercó su, aparentemente, joven mayordomo y jardinero. “Buen tercer tiempo, doctor” -le dijo con una voz un tanto metálica. “Bueno, Edver”. El doctor se apeó del auto y Edver se introdujo en él para trasladarlo al garaje en donde realizaría su limpieza. Los autofotónicos -como la mayoría de la industria- funcionaban con energía fotónica recibida desde la pista por donde circulaban a gran velocidad. No solía haber choques o accidentes merced a un sofisticado foto-rádar.

 

El doctor, un hombre que frisaba la treintena, entró en casa a través de una lujosa pero funcional puerta fotoeléctrica. Saludó a Betxy, quien de inmediato se acercó para besarlo. “Buen tercer tiempo, cariño ¿Te preparo una taza de café?” “Sí. Gracias. Lo necesito.” -contestó Oinge mirando a un acolchado sofá. A continuación se dirigió hacia éste y cayó, literalmente, rendido. Aun queriéndose relajar, le vinieron a la mente un sin fin de ideas. Todos los quintos días, las clases y las actualizaciones de los trabajos iniciados en el Instituto Tecnológico, le deparaban un buen caldo de cultivo reflexivo para el sexto día, el de descanso. Pero ahora pensaba en otros delicados asuntos…

 

***

Año dos mil trescientos tres o, quizás, dos mil ciento tres. A partir del año dos mil trescientos o, quizás, dos mil cien después de Cristo, el Gobierno Mundial había establecido que un año lo constituían quinientos días y un mes, cincuenta días. Cada día constaba de veinte horas, cada hora de cincuenta minutos y cada minuto de cincuenta segundos. La gente no solía llevar relojes digitales o analógicos, sino un avisador de los cuatro tiempos del día: un pitido para el comienzo del primer tiempo (hora cinco); dos pitidos para el del segundo tiempo (hora diez); tres para el tercer tiempo (hora quince) y cuatro (opcional) para el del cuarto tiempo (hora veinte). Un pitido más suave avisaba de los tiempos medios (dos horas y media a partir de cada tiempo). El sol y las estaciones no influían de forma determinante pues, cuando oscurecía, la luz fotónica podía producir, si se deseaba, una iluminación exterior completa, muy parecida a la solar.

Se trabajaban cinco días y se descansaba, a continuación, un día, según lo establecido por el Gobierno Mundial, aunque los subgobiernos regionales podían establecer jornadas o semijornadas no laborables de acuerdo a las costumbres, actos religiosos y festividades de cada zona. De cualquier modo se exigían cinco horas de trabajo obligatorias al día y un máximo permitido de diez horas para casos especiales.

 

***

Betxy le trajo el aromático café. Tomarlo pausadamente, aunque con cierta avidez, y sentirse un hombre nuevo fue todo uno. Seguidamente, con la voz conectó la panorámica pantalla televisiva en tres dimensiones y seleccionó la teleprensa.

Todos los quintos días Soid Oinge se convertía en el hombre más ocupado del mundo o, quizás, de todo el universo, como él pensaba. Desde justo el inicio de la hora cinco estaba pegado a su micrordenador que llevaba a todas las partes. Mediante él podía, además, comunicarse con cualquier punto del planeta y del sistema solar que estuviera habitado. Solía tomar un frugal desayuno en cuestión de un par de minutos. Salía de casa y en el autofotónico arribaba a la Internacional de Industrias Fotoelectrónicas en poco más de un fotosegundo. Allí dedicaba el primer tiempo a sus proyectos de electrónica. Después de un rápido almuerzo, calóricamente equilibrado, al comienzo del segundo tiempo, visitaba in situ las plantas industriales. Supervisaba, entonces, hasta los últimos detalles, dando instrucciones a todo el personal, desde a simples empleados, humanos o no, hasta el más entendido de los ingenieros. Marchaba luego, poco antes de iniciarse el tercer tiempo, al Instituto Tecnológico, no sin antes despachar un sin número de asuntos con su secretaria Az. Los días terceros, a la hora quince, tenía la reunión en el Gran Consejo Mundial. Los días cuartos solía dedicar parte del tercer tiempo a hacer algún tipo de deporte o ejercicio físico.

Al llegar al Instituto Tecnológico pasaba directamente a su laboratorio, una amplia sala que parecía tapizada en sus paredes con todo tipo de computadoras. Casi todas funcionaban constantemente. Tras una rápida ojeada se ponía al mando del macrordenador central. Pasado un breve tiempo garrapateaba rápido en su mesa elipsoide una cuartilla que siempre dejaba debajo de un luminoso pisapapeles. Seguidamente, tomaba el largo pasillo del famoso túnel del Instituto. Lo atravesaba habitualmente a pie y sólo rara vez utilizaba la cinta transportadora. Llegado al fastuoso bloque de cristal, se introducía por el pasillo que terminaba en el Aula Magna, un bello hexágono de cristales ahumados con cómodos asientos en anfiteatro. Allí le esperaba una veintena de avezados alumnos, rigurosamente seleccionados, para recibir su electrizante clase. Esta duraba una hora. “¿Alguna duda? ¿Alguna aclaración?” -preguntaba el doctor, como habitualmente tenía costumbre, tras su magistral disertación asociada, casi siempre, al televídeo. Todas las cabezas de los superdotados universitarios se movían en sentido negativo; no por respeto al ridículo sino por la clarividente exposición del ingeniero. Entonces era él quien preguntaba y entablaba un enjundioso diálogo, generalmente, durante media hora, es decir durante veinticinco minutos o mil doscientos cincuenta segundos muy aprovechados.

Relajado, apurando el último sorbito de café, frunció el ceño al ojear-escuchar una breve información sobre los últimos experimentos con sus humanoides. No porque le disgustase, sino por lo parco de la noticia.

 

***

Sus humanoides le habían hecho famoso. Los de primera generación fueron a modo de robots, pero muy útiles y funcionales. Luego, consiguió mejorarlos asombrosamente. Aunque los humanoides de segunda generación eran muy parecidos a los humanos, sus movimientos y la articulación de la palabra delataban algo su maquinismo. “La voz aún es un tanto metálica” Comentaba siempre. Pero sus últimos experimentos, realizados conjuntamente con el Instituto de Ciencias Biológicas, habían conseguido el acabado humanoide de tercera generación o Tres-G. Su aspecto era el de un humano, hombre o mujer, de veinte a treinta años, bien proporcionado y sin posibilidad de envejecimiento. Su cerebro electrónico era en extremo sofisticado, y hasta programado para aparentar sentimientos. La piel, aunque sintética, en nada se diferenciaba de la humana. En el colmo del perfeccionamiento, Oinge y los biólogos ingenieros habían logrado que al humanoide le crecieran pelo y uñas, éstas constituidas de un tejido queratiniforme regenerador, desconocido hasta sólo hace un lustro. La agudeza visual y auditiva era superior a la de cualquier humano, aunque el tacto se podría considerar sólo equivalente. El gusto y el olfato estaban también muy conseguidos al igual que la sudoración en determinados momentos. La energía le era suministrada por una batería fotónica de autocarga con un sistema de auto-reparación.

La caja torácica del humanoide Tres-G ejercía movimientos respiratorios, no por necesidad, evidentemente, sino por semejar la del ser humano. Un corazón bombeaba -sistólica y diastólicamente- un líquido especial que, a través de pequeños canales, se filtraba luego hacia pequeños depósitos en donde se producía la mezcla para elaborar las distintas secreciones. El líquido especial procedía de la digestión de los alimentos y bebidas en un estómago artificial. Como cualquier humano, elaboraba sudor, saliva, lágrimas, orina, heces y hasta un pseudosemen el humanoide varón y una pseudomenstruación periódica la humanoide femenina.

A tal punto había llegado la perfección del humanoide de tercera generación -incluido todos los movimientos y la articulación de la palabra- que su parecido externo con un ser humano era absoluto. Por este motivo el Gran Consejo Mundial sólo había permitido, desde primeros de año, la circulación de tres mil ejemplares de cada sexo. Estaban en fase experimental y como un secreto para el resto de los humanos. A pesar de la gran influencia en el Gran Consejo, el insigne doctor dudaba, no sin razón, de la futura aceptación de sus humanoides Tres-G y de su uso generalizado.

 

***

“El doctor Soid Oinge sigue con sus experimentos para conseguir un humanoide de tercera generación que sea muy semejante a un ser humano” Fue la lacónica noticia que escuchó de la noticiera en la teleprensa. Con cierto malhumor, ordenó el paso de más noticias, mientras dejaba la taza vacía encima de una mesilla clásica estilo arcaico Luis Quince.

“¿No quieres más, cariño?” -se apresuró a preguntar Betxy, al tiempo que retiraba la taza. “No. Gracias, amor.” -respondió, sin retirar la vista de la pantalla. Esta vez informaba del gran proyecto interestelar. “La Intermundos, tripulada por seis hombres y seis mujeres, sigue su curso normal hacia Esperanza, la estrella más cercana y semejante a nuestro sistema solar. Aprovechando un agujero lumbricoide en el espacio, la aeronave superará la velocidad de la luz y se espera…” Impulsivamente, Oinge apagó el visor y entre dientes autocomentó: “Tripulada… ¡Qué más quisieran ellos!” Ciertamente, la aeronave era “tripulada” desde la Tierra. Sus ocupantes habían sido sometidos a un complicado proceso de compresión de materia, además de la compresión espacial, que hacía la propia aeronave. Los efectos descompresivos en otros planetas se desconocían por completo y se corría el riesgo de un terrible fracaso. Pero esto sólo lo conocían los técnicos y el Gran Consejo. Mas no por ello Soid Oinge había cortado la noticia con cierta rabia. En un fotosegundo cruzó por su mente el incidente de Betxy cuando participaba, activamente, en el proyecto espacial y la negativa, por parte del Gran Consejo, para el uso de sus humanoides en este proyecto.

Se arrellanó en el almohadillado sofá, como queriendo entrar en un profundo sueño. De inmediato le vinieron a su mente los comentarios a sus humanoides de la última reunión que tuvo el Gran Consejo… “Imagínense que para aceptar a un nuevo miembro del Consejo haya que hacerle un chequeo y descartar que sea un humanoide” -exponía el vicepresidente, señor Gaspe. Y proseguía: “Imagínense que en breve se considere a los humanoides de tercera generación como los seres más apropiados para el Gobierno Mundial… Imagínense que dos humanoides de distinto sexo se… se… ¡enamoran! Si es que se pueden enamorar. Y ven que no pueden tener hijos y acuden a una clínica… Imagínense…”

“Soid, cariño, -le interrumpió Betxy- está todo listo para la cena” “¿Eh? -Oinge despertó como de un sueño- ¡Ah, muy bien! Sube primero a la alcoba, como de costumbre, y espérame” “De acuerdo ¿Vas a tardar mucho? -le preguntó mientras subía por la escalera automática. “Enseguida voy. Mientras, vete viendo los nuevos videojuegos que he puesto encima de la ménsula”.

Soid Oinge volvió a sumergirse en sus pensamientos. “Imagínense que un ser humano se enamora de un humanoide y decide casarse o hacer vida común con él, sin saber que es un humanoide… Imagínense…” El profesor Oinge recordó lo ocurrido con el joven ingeniero del Instituto Tecnológico.

 

***

Aquel día almorzaba con el profesor Tenama en un restaurante clásico, sin autoservicio. El camarero les sirvió un exquisito plato, mientras ellos dialogaban del gran tema. “Doctor ¿No será éste un humanoide Tres-G? -le preguntó el joven ingeniero mientras se retiraba el sirviente. “Es posible” “¿Cómo? ¿No lo sabe? –volvió a preguntar sorprendido Tenama. “Tendría que desconectarlo para saberlo” A Tenama se le abrieron los ojos como platos “¿Se pueden desconectar?” -preguntó muy extrañado. “Es un secreto de momento. Se lo confesaré -dijo, Oinge, medio bromeando- Disponen de un oculto botón entorno a la espina dorsal, que al apretarlo provoca la instantánea paralización del humanoide. Pero sólo por tres segundos”. Entonces Soid llamó al camarero y según se acercaba, cayó, como sin querer, un frasco de condimento. El camarero se agachó para recogerlo. Oinge aprovechó entonces para palpar su espina dorsal a través de la camisa. Sorprendentemente el camarero quedó inmóvil. A los tres segundos se incorporó como si nada hubiera pasado. Una vez solos, el joven le comentó: “Me está tomando el pelo. Está compinchado con el camarero ¿Cómo va a existir un botón paralizador?” “Claro que sí. Lo que pasa es que tú y nadie podréis nunca acertar a conectarlo”. Tenama sonrió moviendo la cabeza.

 “Mira aquella hermosa camarera -indicó Oinge a su acompañante- Es una Tres-G. Te lo aseguro esta vez, pues la conozco. Intenta desconectarla”. Oinge la llamó. La rubia muchacha de ojos esmeralda llevaba una pajarita negra al cuello y el dorso desnudo. Cuando se acercaba, Tenama tiró un salero, como despistadamente. La chica se agachó para recogerlo. En ese momento el joven ingeniero empezó a palpar la espina dorsal de ella, más o menos al mismo nivel que lo hiciera Oinge con el camarero… “¡Sin vergüenza!” -y una sonora bofetada sintió plasmarse en su mejilla.

 

***

“Imagínense que…” Parecía volver a oír, Oinge. Pero su cabeza seguía ocupada en el caso Tenama. Este se enamoró de una bella agente de negocios llamada Saporima. Tras breve noviazgo decidió casarse con ella. Pero, a última hora, le asaltaron las dudas ¿Sería una mujer o una humanoide Tres-G?

“Necesito saberlo, profesor Oinge” -insistía Tenama en el mismo restaurante que la vez anterior. “Mira, el Consejo me ha insistido mucho en lo del secreto provisional de los Tres-G. Hasta Gaspe me ha comentado que puedo correr peligro y que velarán por mi seguridad ¿Entiendes qué quiere decir esto?” “Sí. Es una forma elegante de decirte que te espían y que estás controlado” -en ese momento el joven ingeniero miró, discretamente, a izquierda y derecha. “Tranquilo, Tenama. Nadie nos observa ahora. Tampoco hay micrófonos ocultos ni interceptación de ondas a distancia” -Tenama puso cara de admiración. Soid prosiguió: “Con una simple imago Tres-D saldrás de dudas. Ve a la clínica Nasa y pregunta por el doctor Nosivi. Le dices que vas de mi parte y él le hará, con discreción, la imago Tres-D”. “Pero ella sospecharía algo si le propongo ir a una clínica; o se extrañaría” -arguyó el joven. “Dile que siempre es bueno hacerse un chequeo” -le sugirió Oinge. “No sé… ¿Cree que aceptará?”.

Soid se enteró del matrimonio de Tenama con Saporima. Lo que no llegó a saber es si consiguió llevarla a la clínica. Pero pocos meses después conoció la triste noticia. Tenama se había suicidado. Aunque el doctor sólo había conocido a Saporima en una breve presentación, decidió visitar a la viuda.

“Siento lo del accidente de su esposo” -A Saporima le hicieron creer que fue un accidente. Oinge estaba, sensiblemente emocionado y triste, sentado junto a la mujer en el mismo sofá. Saporima, al instante, se echó a llorar. El profesor quiso consolarla, abrazándola para sí, y en ese momento se acordó del botón dorsal. Intentó palpar la espina dorsal de la joven, pero ésta reaccionó: “¿Qué hace, doctor? ¡Quiere abusar de mí!” “No, disculpe; yo…” “¡Márchese!” Oinge, confundido, se incorporó raudo y se dirigió a la puerta de salida. Esta se abrió automáticamente. Soid fue a dar un paso, pero en ese momento se volvió a Saporima y pronunció la clave: “Betxy LQ Cinco Cero Cero” Era el único que la conocía. Y Saporima quedó desconectada.


***

“Imagínense, señores, si sospechan… o se dan cuenta que su propia esposa es una humanoide cuando la tienen entre sus brazos” -le pareció oír con toda claridad a Gaspe. Mas, al mismo tiempo, se oía en la sala, por el altavoz, a Betxy: “Soid, cariño; ya he visto todos tus videojuegos ¿Vas a tardar mucho?” “Ya voy” -respondió Oinge, mientras se levantaba.

Cuando llegó a la alcoba, Betxy estaba sentada en la amplia cama con su bonito camisón plateado. Se levantó, soltó los tirantes con suavidad y el vestido cayó a sus pies. Soid la miró de arriba abajo. La escudriñó en todos sus detalles y sintió una escondida satisfacción. Se acercaron mutuamente. Soid se despojó de su vestimenta y acarició, entonces, sus rubios y ondulantes cabellos. Contempló sus cristalinos ojos celestes, sus carnosos labios rojizos. Pasó las palmas de sus manos por la piel tersa, suave y acalorada de su cara; sintió elevarse sus pechos; y un estremecimiento corrió por todo su cuerpo. Ella puso las delicadas manos sobre sus hombros. El, instintivamente, deslizó su mano derecha hasta el vientre ligeramente abultado de ella, de unos cuatro meses de preñez, mientras oía un tierno y cadencioso: “Te amo, amor”.

Aunque el crecimiento artificial de embriones humanos estaba permitido -de manera controlada y, a veces, con frecuencia- muchas mujeres llevaban la gestación y daban a luz de forma natural por motivos psicológicos de relación madre-hijo. No existía el aborto provocado, pues a la mujer que no deseaba continuar con un embarazo se le extraía el embrión o el feto y se le trasladaba a un útero artificial para su desarrollo. Posteriormente el Gobierno Mundial se encargaba de su custodia o lo daba en adopción.

Soid acariciaba suavemente aquel vientre. Sin embargo, en su interior volvió a escuchar al tedioso Gaspe: “Imagínense…” Quiso desoír aquella monótona y gargólica voz, pero entonces vino a su imaginación el accidente de Betxy en cinta. Algo chasqueó en su cabeza. “¿Qué te pasa cariño?” “No me encuentro bien. Vístete y baja al comedor. Enseguida te acompaño”.

Minutos después ambos tomaban un fortecaldo en silencio. Oinge agotó el último sorbo y miró inquisitivo por encima de la taza. Su semblante estaba muy cambiado. No apartaba los ojos de Betxy. Dejó, entonces, bruscamente, la taza sobre el plato y se incorporó de la silla gritando: “¡No, no… No eres Betxy! Eres idéntica ¡Pero no eres Betxy!” Se abalanzó hacia ella, la zarandeó de su asiento y la arrojó al suelo, diciéndole: “¡No eres Betxy!” Junto al cuerpo, desordenados, aparecían platos, cubiertos, un vaso metalicoide de cristal y un gran cuchillo de cocina. Con un rictus, un tanto desgajado de su rostro, Betxy tomó lentamente el gran cuchillo. Se incorporó de forma pausada y púsose a un paso del doctor. Un sudor frío corrió por entre los cabellos de éste. Entonces, maquinalmente y rápido dijo: “Betxy LQ Cinco Cero Cero”. Betxy quedó completamente paralizada. Soid dio un suspiro y, a continuación, se susurró: “¡Imbécil!” Y volvió a pronunciar “Betxy LQ Cinco Cero Cero”. La humanoide recobró la vida. Seguía asiendo con fuerza el gran cuchillo… Se dirigió al fregadero, le pasó un paño y lo colocó con parsimonia en el sitio correspondiente. Soid Oinge creyó perder el juicio en ese momento. Se lanzó con ira a por el cuchillo y chaveteó a Betxy furiosamente, mientras gritaba: “¡Te falta el pneuma! ¡Te falta el pneuma! ¡El pneuma!…” De la hermosa figura empezó a salir un líquido viscoso de color rojo, que luego se vio mezclado con otro verde. Saltaron cables, “chips” y un sin fin de artilugios quedaron esparcidos junto al destrozado cuerpo. En la exaltada cabeza de Soid Oinge resonó de nuevo la repetitiva voz: “Imagínense que mataran…, quiero decir destruyeran a un humanoide… Imagínense…”


Dr. Ian Joseph Garpal

(Nota del autor: Algunos nombres propios del cuento pueden leerse también al revés: de derecha a izquierda. Ej. Saporima – mariposa)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s