Betulia (relato)

Con fecha 14 de febrero de 2015 se publica por primera vez y en este Blog el relato corto “Betulia”, en el que se inspiró la canción homónima de Roge Cabado y Garpal. Fue escrito por Garpal en 1992 durante su estancia en América.

A parte de su significación romántica y melancólica que tiene como base el amor perenne, ¿puede Betulia simbolizar también al Arte y la Cultura que se “han marchado como el humo sin decir adiós…?”

Ayudará a profundizar en la intuición del relato el escuchar al mismo tiempo la ” Fantasía Impromptu” (nº 4; Op. 66) en Do sostenido menor (“Allegro agitato”) del compositor polaco Fryderyk Chopin (1810-1849).

BETULIA

Esta tarde el cielo está gris. Pongo un punto con la pluma y miro a través de la ventana de mi despacho. Empiezan a caer unas gotas de agua fina, que repiquetean en el cristal. Al momento, como una fantasía, vienen a mis oídos las notas de un impromptu de Chopin… Siento tu presencia que llena toda la estancia. Entonces, cierro los ojos y contemplo los tuyos verdes como la esmeralda… “Al contemplar tus ojos, al contemplar tus labios, tus labios cantan una canción, que habla de amor, que habla de dolor…” Las gotas de lluvia golpean melódicas en el vidrio, y los dedos de tus manos sobre el teclado del piano hace unos instantes inmóvil y mudo. Las gotas de agua hacen carreritas por el cristal de la ventana y por mis mejillas, cuando un rayo de luz se ha abierto paso entre los densos nubarrones. Me incorporo lentamente, como despertando de un intenso letargo, y me acerco a la ventana. Veo entonces las rosas de nuestro jardín, empapadas de rocío vespertino… “¡Oh rosa, que te alegras cuando recibes los rayos del sol, sonríe cuando las gotas de lluvia acaricien tus pétalos!” Doy un profundo suspiro y en mi cara se dibuja una sonrisa. Ahora todo es silencio. Por los surquitos del jardín corren unos regueritos de agua plateada. Abro la ventana y respiro el aire fresco de la tarde empapada, y me parece oír palabras de tus labios, dulces palabras que alegran mi corazón compungido. Al instante el trino de un pajarillo me distrae, y a mi memoria acuden los recuerdos, bellos recuerdos que fueron realidad y que ahí están, inamovibles, imperecederos, cultivando para siempre nuestro amor.

¿Te acuerdas, Betulia, cuando aquel jueves fuimos a la piscina…? Como otras muchas veces me ganaste a braza y a espalda, pero creo que a estilo libre, en aquella ocasión, te saqué un pequeño trecho. Cierto que entonces me encontraba en muy buena forma y tú un poquito agotada… Por supuesto, de mariposa no quiero hacer comentarios. Ahí eres medalla indiscutible. Me acuerdo que siempre, a la hora de disputarte este estilo, me rendía de antemano y te invitaba a que nadaras sola. Yo, entonces, salía de la piscina y desde fuera me extasiaba contemplando cómo volabas sobre el agua. Parecías, con tu bañador amarillo-negro, una papilio de flor azul en flor azul. Ahora me viene a la memoria aquel día inolvidable en que nadando a ese mismo estilo rozaste el oro en la Olimpiada. A pesar de las críticas, pues saliste como favorita, yo te hice una entusiasta entrevista en exclusiva, que sirvió para enamorarnos, y luego abrió la puerta a sucesivos encuentros que terminaron en nuestro amor, un amor sin fin.

Cuando fui a ver a nuestra pequeña Virginia al internado, recordé aquella mañana mientras desayunaba rápidamente en la cocina. La puerta estaba abierta y tú jugueteabas con la pequeña en tu regazo, sentada en el sofá del salón. Todo eran caricias y besos para ella que, como nosotros, acababa de despertar a un nuevo día. Por la noche, mientras leía un libro en el sofá, tú te acercaste y te sentaste a mi lado. Tenías puesto el bonito camisón azul celeste de seda brillante. Dejé el libro y me acurruqué en tu regazo como Virginia por la mañana. Me sentía muy niño, despreocupado de un sin fin de asuntos pendientes para los días sucesivos. Creo que nunca me sentí tan feliz. Tú me acariciabas y yo te susurraba palabras de amor. Luego me dijiste que no tardase en subir a la alcoba. Me excusé diciendo: “Déjame terminar este párrafo…” “Y en el atardecer, cuando el osezno se refugiaba en las entrañas de la osa, los pájaros apagaban sus trinos y una estrella se encendía trémula en el horizonte…”

Todavía me parece contemplar tu faz virginal, cuando en aquella salida al campo te quedaste embargada mirando el arco iris. Las esmeraldas de tus ojos se tornaron en los vivos colores de lo que atónita avistabas. Virginia y yo nos pusimos a tu lado como mudos espectadores ¿Pensabas, acaso, en tu próxima partida? Nos llevabas contigo en tu corazón, que todavía siento palpitar atravesado por dardos de tenso arco amoroso.
El otro día, cuando iba de pie en el metro, me fijé en una elegante señora sentada cerca de mí. No era hermosa pero sí atractiva, y me recordó tu semblante que reúne las dos cualidades. Me miró de vez en cuando, y me parece que hasta se creó con la mirada un clima de simpatía oculta. Después llegó mi parada y salí del vagón. Arrancó y se llevó su imagen… Luego, en el autobús, me tocó sentarme con una joven. Yo me puse a leer el Washington Post. Al cabo de un rato ella se quedó dormida y, progresivamente, fue inclinándose hacia mí, hasta que llegó el momento en que apoyó su cabeza sobre mi hombro. Quise despertarla pero su agradable sueño me quitó la idea. La miré con ternura, me acordé de ti y seguí leyendo, tranquilamente, la segunda página…

Volvíamos después de un día de agotadora marcha por la nieve dorada bajo el sol ¿Te acuerdas? Tras una parada reanudamos la marcha, pero tú, Betulia, te pusiste a la cabeza en el camino trazado y endurecido por miles de pisadas. Yo iba detrás de ti y Virginia a nuestra zaga. Entonces, hubo un momento en que me vi con fuerzas y decidí tomar la delantera. Al intentar superarte salí del caminito y cuando me puse a tu altura me hundí estrepitosamente en la nieve blanda. Te diste cuenta e inmediatamente me cogiste por el brazo y me ayudaste a levantarme. Miré a tus ojillos graciosos y vivarachos y te dije: “Gracias, amor”. A continuación seguí en cabeza pensando… “Parece mentira… ¡Que un hombre tenga que ser ayudado por una mujer! ¡Qué humillación! ¡Pero no! ¿No es maravilloso que me sienta débil y confortado por una mujer?”

Al amanecer de aquel día de verano, con el canto de los gallos de la aurora, nuestros ojos se abrieron en aquel caserón de pueblo montañés ¡Qué maravillosa sensación la de recibir el frescor de la mañana, que presuroso se adelantaba al tórrido calor del estío! Con qué gozo, casi infantil, íbamos al atardecer para ver ordeñar las vacas de tío Calep. Camino de la vaquería, el sol pálido-rojizo como pan de ángeles nos daba su adiós cediendo el paso a la luna creciente, que se atisbaba entre las montañas. Pasábamos luego el río plateado por el sencillo puente de madera sin arco. Justo en su mitad nos detuvimos y juntos, muy prietos los dos, nos contemplamos en las tranquilas aguas danzarinas. Sólo teníamos una imagen que se confundía con el resplandor de la luna… Una sinfonía vacuna combinada con la melodía de los grillos noctámbulos acompañaba nuestros pausados pasos. Días después nuestros pies sentían el suave acariciar de las olas cuando paseábamos por aquella larga playa. Encima de nuestras cabezas un sin fin de gaviotas aleteaban como ángeles revoltosos y juguetones, pero alegres. Nuestras almas se perdían al mirar el inmenso azul, y luego nos hacíamos uno con él, cuando tú te perdías mar adentro y yo seguía a zaga de tu estela. Como sirena alada volabas sobre las crestas blanco-azuladas de las ondas marinas. Me angustiaba cuando veía que no te alcanzaba. Pero tú, amada Betulia, sirenita de los océanos ocultos, me esperabas para darme un cariñoso abrazo. A la vuelta, te acordarás que nos encontramos con aquel viejo pescador. A su lado, un pez y unas brasas; y su barca cansina anclada en la arena. Nos ofreció de comer, y nosotros le ofrecimos aquel pedacito de pan que nos quedaba; pero en él iba todo nuestro corazón…

Eternamente te agradeceré el apoyo y la acogida cuando aquella columna mía levantó tanta polvareda. Todavía nuestra pequeña Virginia no había nacido, pero inquieta nos acompañaba oculta en tu seno. Vinieron críticas, enfados, amenazas y hasta juicio ¡Qué bien me acogiste aquellos días! Estaba destrozado, confundido y hasta miedoso. Pero tú, Betulia, me animaste y me diste fuerzas para soportar la empresa. Apareciste en mi periódico y en otro con una encantadora carta de apoyo incondicional, que conmovió a todos. Luego me ayudaste a componer aquel artículo y aquel llamativo titular que terminó por aclarar las cosas. Pero hasta entonces ¡cuánto amargo sufrimiento! Y, sin embargo, compartido contigo se convirtió en dulce manjar. Comprendiste mis noches de insomnio, y al alba anestesiaste mis preocupaciones.
El sábado entré con Virginia en aquella iglesita que tanto nos gustaba visitar cuando éramos novios. Ella puso unas pocas rosas rojas a los pies de la imagen de Loreto. Cuando salimos la vi triste, y acariciando sus rubios cabellos le dije: “¿Por qué lloras? ¿No sientes la agradable fragancia de mamá, que llega alegre a nuestros corazones?”

Antes de ayer me propuse componer el poema que te había prometido. Cogí la pluma, cerré los ojos y pensé… Pasó el tiempo y no había iniciado ni una sola palabra ¡Ah, creo que fueron mis lágrimas las que lo escribieron empapando el papel! Me parece que en mi corazón quedan escritos los más hermosos versos que jamás pude componer para ti, amada Betulia, pero que sólo Dios y sus ángeles podrán leer…

Ayer, tomando café en la mesita de una terraza, mientras leía la prensa internacional, levanté la mirada del papel y me fijé en una hermosa joven sentada enfrente. Seguidamente, como por telepatía, sus grandes ojos se fijaron en los míos y luego en su rostro se dibujó una amplia sonrisa. Instintivamente hice lo mismo, quedando como petrificado ante aquella imagen. Me acordé de tu simpática sonrisa, Betulia, de tus lindos dientes nacarados, circundados por tus hermosos labios que tantas veces me repitieran “Te quiero”. Volvía a poner mis pupilas en los grandes titulares sensacionalistas, pero mis ojos, alocados por un extraño nistagmus, se volvían hacia aquella cara, a aquellos ojos, a aquellos labios sonrientes que descubrían brillantes perlas como la nieve bajo el sol. Y en mi cabeza resonaban aquellas palabras de tu boca: “Te quiero”. “No sabes decirme otra cosa, amor” -te decía. Y tú me decías: “Sí… Te quiero…” Y ahora me vuelves a decir y a repetir: “Te quiero” “¡Y yo a ti!”

¡Ah, han pasado ya nueve meses! Sin embargo, han sido como dar a luz una nueva esperanza. Ya ves como pasa el tiempo…

¡Pero qué tarde se ha hecho! Esta noche tengo que entregar mi columna ¿Me ayudas, querida Betulia, a terminarla?

Ian Joseph Garpal

“¿Qué es un año para quien vive en la eternidad amorosa?”

(De una poesía de Garpal)

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